LA INFANCIA DE MERLÍN. Texto.

Es agosto. No hace calor. Días suaves y noches frescas. Alguna tarde cae una lluvia fina. Los domingos mi abuelo compra churros en la plaza. Años atrás podía verse la plaza desde aquí: se veían el mercado los jueves y el puesto de churros los domingos. Lo recuerdo bien. Mi madre y yo vivimos el invierno y la primavera en la planta de arriba. A mediodía yo miraba la plaza moviéndose allá abajo y esperaba ver al viejo un rato después, subiendo la cuesta de Cachetas con un par de caramelos escondidos en el puño. Ahora la sombra de un edificio se alarga entre el huerto y las cuadras, por donde se llega el txabisque, y ya no se ve la plaza. Invita a resguardarse en los raros días de sol duro pero nosotros preferimos bañarnos en la balsa, correr por la loma del Cotarro donde encontré un erizo herido o tirar piedras al vecino, el nieto de la Ansorena, que no se amilanó y me regaló una cicatriz en la ceja izquierda con el consiguiente un rapapolvo de mi tía, enfermera de nuestras heridas de guerra.

Mi abuela me manda a por leche y mi primo me acompaña. Subimos por el Cotarro decididos a nuestra misión. He acompañado varias veces a mi madre a la lechería, pero ahora yo voy delante. Llegamos a las calles del frontón, que se entrecruzan y bifurcan prometiendo un laberinto, y sentimos que cada paso esconde una nueva aventura: una cara única, una puerta de color apagado, las piedras de un muro poliédrico. La entrada de la lechería es un portón antiguo, sale una mujer y al rato nos devuelve la lechera y unas monedas. Volvemos callados.

Mi abuela prepara café y tostadas. Pasamos mucho tiempo en la cocina escuchando las historias de los mayores. Gustos y disgustos, comentarios sobre alguien que antes era joven y ya no lo es, planes para la tarde o para el fin de semana, noticias de un familiar lejano, compras necesarias y preparativos. Estamos muy atentos a las opiniones, pareceres, gestos, actitudes y miradas. Vamos a entender todo con los años. Entenderemos las bromas de mi tía y de mi madre, el silencio de mi abuela, el impermeable optimismo de mi abuelo. Pero ahora nos atrapa el juego de formas, la luz en cada desayuno y en cada comida, el mismo sol que descansa en las hojas de la parra del patio, la sombra que nos acaricia cuando volvemos de la piscina.

– La sombra, la cara oculta del sol- dice mi abuelo.

Con los años echaré de menos al viejo y verlo subir la cuesta de cachetas.

Muchas tardes vamos a Los Llanos. Mi madre, mi tía, mi hermana, mi primo y yo. Llevamos pan con chorizo que mi abuela ha preparado. Mi primo y yo corremos escondiéndonos entre los álamos, chopos, arces y fresnos. Lo que para nosotros es la selva. Cuando llegamos a la orilla del río merendamos. Mi madre y mi tía se sientan y hablan con otras mujeres. Amigas de la infancia que cuentan de sus maridos, hijos, padres, casas, trabajos, estudios, dedicaciones y que cuentan también de los maridos, hijos, padres, casas, trabajos, estudios y dedicaciones de otras amigas de la infancia. Mientras nosotros corremos, descubrimos hormigueros y botamos hojas verdes en el río, mi madre, con mi hermana en sus rodillas, conversa con esas mujeres cuyas vidas y costumbres ignoro pero cuyas formas, cabellos, ojos y piernas ya empiezo a mirar e imaginar. De noche volvemos al pueblo. Las luciérnagas alumbran rítmicamente algunos arbustos. Las he visto por primera vez este verano. Hace unos días.

-Se llaman luciérnagas, son gusanos de luz- Me ha explicado mi madre.

No entiendo cómo puede centellear un gusano, pero recordaré este momento. Luces que susurran a lo largo del camino. Aprenderé la palabra misterio. Días después encuentro un libro en el txabisque. Un niño captura luciérnagas en el bosque y las lleva a casa. Las deja en una pecera sobre la mesita de noche. Encuentra la lámpara perfecta. La lámpara mágica del umbroso norte.

El txabisque está repleto de libros, herramientas, calendarios y fotos de familiares y antepasados. Huele a extraña tranquilidad, a calma de objetos abandonados. Algunos días no vamos a la piscina, ni a la plaza, ni a los llanos, ni a la loma del cotarro y nos refugiamos en este viejo trastero. El silencio nos invita a conversaciones extrañamente lúcidas para nuestra edad y la posibilidad de un hallazgo especialmente interesante nos anima a permanecer horas escondidos.

Mi madre lleva un vestido de verano blanco, gafas de sol y unos Chanel. Es una mujer alta y delgada aunque de aspecto fuerte. Está apoyada en la baranda del puente sobre el Ega, al fondo los álamos bordean la orilla. Imagino que en otoño, agitados por el viento, hablarán de una mujer vestida de blanco, de un crío que pasó en bicicleta, de un anciano que se detuvo, miró el lecho del río y dejó caer todos sus pensamientos y recuerdos.

Encuentro la fotografía en un album del txabisque y se la enseño a Laura.

-¿Muy moderna no?, estilosa como decimos ahora.

Lo moderno. Laura mira otras fotos, enciende un cigarrillo, habla, comenta. Ya había visto esta foto en casa y me pregunto qué imagen será la original, qué imagen será la primera. Las revelaban en una tienda de la Plaza de Santiago que en fiestas exponía las fotos del encierro colgadas de un cordel. Comprabas una en la que salieras o simplemente aquella que te gustara. Pedías copias para tus padres y abuelos. Imagino que una tarde de invierno la primera copia cruzó la plaza en un sobre de estraza, se detuvo unos minutos delante del cine Lux, llego a la cuesta de cachetas y subió con paso alegre. Días después emergió la segunda copia en la bandeja del laboratorio, partió hacia la cuesta de cachetas y, una vez en la casa, viajó en un sobre de correo con una carta cuya letra ordenada rememoraba instantes y acontecimientos del verano.

Mi madre lleva un vestido de verano blanco, gafas de sol y unos Chanel. Apoya su mano en la baranda y esboza una sonrisa. Al otro lado, después de que pase un crío en bicicleta, mi abuelo enfoca y encuentra la exposición correcta. Es agosto de 1959 y mi madre todavía no me espera, ni sabe de mí.

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