Cecil B. DeMille afirmó «Las películas deben comenzar con un terremoto y seguir de ahí hacia arriba». El cine maestro demuestra que la afirmación es certera. El terremoto no siempre tiene que ser catastrófico, puede ser un leve temblor de tierra; ese que no percibes conscientemente pero te mueve el corazón y te pone en la órbita de la historia. Aceptas la ficción. Es lo que llamamos suspensión de la incredulidad: un pacto en que el espectador dice «De acuerdo, me voy a creer lo que me muestres».
Aristóteles, en su Poética, advierte de la necesidad de guardar equilibrio entre las partes que componen la obra. El guionista debe emplear poco tiempo en el inicio, bien siendo sutil o tal vez dándote una buena patada en el trasero.
El maravilloso inicio de «La Vida Privada de Sherlock Holmes» de Billy Wilder es sencillamente magistral.
Con los objetos del detective más famoso de todos los tiempos, Wilder no solo nos sumerge en la historia, sino que además nos presenta la compleja personalidad del protagonista invitándonos a conocer al enfermizamente lógico pero sentimental Sherlock.
El cine es privilegiar los ojos del espectador unas veces y otras llevarlos por un camino oscuro pero siempre con la emoción del descubrimiento, del suspense y de la sorpresa. Estamos ante un emocionante y potente Gimmick de entrada. Arthur Conan Doyle, I.A.L. Diamond y Billy Wilder reunidos; resulta que uno de los mejores Sherlock está narrado desde la comedia ¿Qué más podemos pedir?
Hay muchos principios memorables en la historia del cine. Incluso en películas inadvertidas.
Los viajes en el tiempo son un clásico. El hoy olvidado «Navigator», de Vincent Ward, es un film más que interesante. Un niño visionario asume la tarea del héroe, salvar a su pueblo de la llegada de la muerte negra, y emprende una aventura quimérica.
Un buen punto de partida y un tratamiento de la edad media, con un bello blanco y negro, que recuerda al maestro Sven Nykvist.
Si buscamos un principio clásico por excelencia, ese es el inicio de «The Searchers». Pura poesía, puro canto… ¿Alguna vez el cine fue tan poco «real» y sin embargo tan real?
La parsimonia de la secuencia introduce el tono melancólico y a la vez alegre, algo que solo John Ford conseguía, mostrándonos el reencuentro familiar con el misterioso y dolido Ethan tres años después de la Guerra de Secesión. La vuelta a casa, un tema favorito de Ford, narrada con el lirismo de un poema de Yeats. Se han escrito y se escribirá sobre esta película, sin duda una de las mayores obras maestras del arte del cine, compleja y siempre abierta.
La puerta, que es la puerta de la narración, se abre al principio y se cerrará al final. El héroe ya ha recorrido su camino, doloroso y lúcido, redimido por el perdón y destinado al olvido que es la leyenda.
Circular, mítico. Ethan desaparece en la lejanía y nuestros ojos ven una última imagen: la del pasado, la del tiempo, la de la historia que es leyenda. Nuestros oídos escuchan la eterna canción de la humanidad en su camino.
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