LA ENERGÍA DE LOS ESCLAVOS. Texto.

Todos los veranos nuestras madres nos llevaban al Obeki. Allí repasábamos las matemáticas y la lengua y nadábamos en la piscina. Comíamos platos de arroz a la cubana, macarrones, filetes rusos, frutas y helados de vasito. Merendábamos pan con chocolate o con chorizo. Al atardecer volvíamos a casa por las calles que descendían al pueblo y los gatos salían a nuestro encuentro. La Cruz de Peñaguda presidía allí arriba, callada e inefable, la llegada de la noche. Después de cenar contábamos y escuchábamos historias en el jardín. Vigilábamos si pasaba alguna estrella fugaz, pues ya andaba cercana la romería de San Lorenzo. Era un mundo seguro y tranquilo.

Los fines de semana íbamos al bosque o a la playa de San Sebastián. Fue entonces cuando hallé un erizo herido en la cuesta del Cotarro. Primero lo moví con un palo y luego se dejó coger. El animal estuvo dos días en casa, bajo la parra de la entrada, en una camita de cartón y tela. Miraba fijamente y parecía que iba a llorar. No pudimos hacer nada más. Creo que fue la primera vez que comprendí que todos los seres vivos desaparecen.

Unos años después mi primo y yo fuimos muy temprano a comprar churros, pero antes de que llegásemos a la plaza dos guardias civiles volaron por los aires. Todo el pueblo salió a protestar y algunos buscaron a un abertzale que se había escondido por temor a represalias. Nuestro padrino se cruzó con una manifestación y tuvo que poner a su hija en el suelo y protegerla con su cuerpo de las piedras y de las pelotas de goma. Todo empezó a ir mal.

En otoño llegó la noticia de que a Ernest lo habían asesinado. Mi tía, que siempre recibía sus visitas cuando pasaba por allí, lloró por teléfono y después nos dijeron que lloró varios días seguidos.

Todavía vamos a la vieja casa en verano, tomamos vino y charlamos por la noche en el jardín. La energía de los esclavos permanece y después llega el silencio.

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