PECKINPAH. Texto.

Tengo unos 14 o 15 años. Mi padre suele dejarse olvidados los Playboy en su despacho. Ahora entiendo que ese es el modo en que un niño de la posguerra se otorga cierta patina liberal y algo de justicia poética.

Es verano. He aprendido a disparar con una carabina y adoro a nuestras dos perras. Una de mis hermanas dice que yo seré un tío serio con perros, libros y sofá. No entiendo nada. Todo el mundo me pone mala cara. Miro las chicas de Playboy y también vez leo por primera vez artículos de Paco Umbral y de Antonio de Senillosa. Con los ojos muy abiertos. Ya he sido un lector precoz en mi infancia, pero ahora la tentación está más que asegurada.

Días después, vuelvo a entrar en el despacho. Entre muchachas desnudas, encuentro una entrevista a un director de cine: Sam Peckinpah. Guardo la revista bajo mi camiseta. Quiero mirar las chicas entre las flores, leer la entrevista bajo el sol.

«Una vez en Saigón me crucé con una mujer vietnamita al bajar de una patrullera. Todavía me acompaña aquel perfume, que entonces me envolvió.»

Esas palabras me fascinan y además yo ya ando envuelto en la vida de mi Geisha de internado.

Años después entendí que mi padre dejaba las revistas para que las viera. Años después pude ver las películas de Peckinpah.

«- No. El aburrimiento los matará a todos. Al país no le importa. Estamos orientados por la televisión. Será mejor que nos demos cuenta de que el Gran Hermano está aquí. Y ahora, con la televisión por cable y las videograbadoras, nadie se levantará del sofá para ir a la esquina a ver una película, apesta. Una de las mejores cosas de ir al cine es el acto mismo de ir, salir, comprar entradas, compartir la experiencia con los demás. El ochenta por ciento de las personas que ven la televisión lo hacen en grupos de tres o menos, y uno de los tres está cansado, drogado. La mayoría de la gente vuelve a casa por la noche después del trabajo, toma unas copas y se sienta en la cámara mortuoria que es la sala de estar. La forma en que nuestra sociedad está evolucionando ha sido cuidadosamente pensada. No es por casualidad. Estamos siendo programados, y lo siento amargamente.

-¿Que podemos hacer?

-Tenemos que regar las flores y joder un poco.»

Tengo 14 o 15 años. Ando tras mi Geisha de internado. Aprendo sobre el amor y la muerte.

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