
Por aquel tiempo leía «Del caminar sobre el hielo», un pequeño diario que Werner Herzog escribió durante un viaje a pie de Munich a París en 1974.
Herzog aclara el motivo de su viaje en el prefacio de su cuaderno: «A finales de 1974, un amigo de París me llamo y me dijo que Lotte Eisner estaba gravemente enferma y posiblemente moriría; no puede ser dije yo, ahora no, el cine alemán no puede prescindir de ella aún, no podemos permitir su muerte. Cogí una Chaqueta, una brújula y una bolsa de lona con lo imprescindible. Mis botas eran tan sólidas y nuevas que confiaba en ellas. Tomé el camino más directo a París, firmemente convencido de que si iba a ver a Lotte a pie ella seguiría con vida. Además, quería estar a solas conmigo mismo.»
Herzog creció en una aldea de Baviera. No fue al cine, ni escuchó la radio, ni vio un coche hasta los once años. Hizo su primera llamada de teléfono en plena adolescencia.
Leía también entonces La Emboscadura de Ernst Jünger. Emboscarse es «No permitir ningún poder, por muy superior que sea, que le prescriba la ley, ni por la propaganda ni por la violencia” , es mantener abierto “el acceso a unos poderes superiores a los temporales”.
Ya padecíamos este gobierno que ha negado el auxilio a las víctimas de la riada de Valencia, no ha explicado nada dell apagón y ahora nos hace luz de gas con el trágico accidente de Adamuz.
Llego el virus. El 8 de Marzo de 2020, los mandatarios socialistas mantuvieron su concentración feminista. La OMS había dado la voz de alarma el 10 de Enero, pero la ministra Carmen Calvo afirmó que era necesario celebrar el aquelarre anual: «nos va la vida en ello». El cómico de TV Broncano cantaba «¡Coronavirus oe, oe, oe!» y el mefistofélico Doctor Fernando Simón vaticinaba «Como mucho, habrá un caso o dos». Para un gobierno cuyas raíces ideológicas parecen nacer del desprecio a España, las manifestaciones era la clave para barrer definitivamente a la oposición. Lo demás les daba igual. Era su oportunidad.
El 14 de Marzo se decretó el estado de alarma. Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, tomaron las televisiones públicas y privadas, negaron su responsabilidad en el contagio masivo y, escondidos bajo los aplausos de los balcones y bajo aquel patético«Resistiré», organizaron la caza callada del disidente. La nueva Normalidad y la Inmunidad de Rebaño habían llegado a nuestras casas. Se organizó el caos. Se implementaron medidas de control mental, supervigilancia social y un peligros discurso de tintes totalitarios que occidente no había visto en mucho tiempo y que los amantes de la servidumbre voluntaria aplaudieron. Definitivamente el otro era el infierno. Meses después, Miguel Sebastián declaraba que había que encarcelar a los no vacunados; sin ninguna certeza científica se les llamó «bombas víricas». Un fantasmal comité de expertos decía qué hacer y qué no hacer. Afloró la miseria moral y no salimos más fuertes sino más cobardes. Se paró el mundo y nos encerraron, mientras algunos se emborrachaban y nos robaban.
No diré que voluntariamente, pero devastaron el país en vidas y bienes; con una gestión negligente dejaron en el olvido a enfermos y a sanitarios. ¿Estaban a otras cosas?
Leía entonces a Herzog, a Jünger… y ahora pienso que mejor haríamos escuchando a los heterodoxos de occidente que dejándonos guiar por políticos nihilistas.
Entré en un supermercado, donde los dependientes aterrorizados facilitaban las compras a los clientes.
Al salir me llamó la atención el rostro desolado de una mujer morena de ojos grises, me acerqué y le pregunté qué pensaba de lo ocurrido. Ella me miró a los ojos y contestó: «Tengo la sensación de tener demasiada información de unas cosas y ninguna de otras. Creo que somos arrogantes por pensar que a nosotros no nos ocurriría los mismo que a China y después a Italia. Cobardes por no haber sido más drásticos antes y muy blandos porque tampoco nos han enviado a una guerra. Ignorantes por creer lo que nos cuentan. Todo esto podría valer para cambiar la escala de valores de una vez, pero creo que por desgracia vamos a estar preocupados por sobrevivir al descalabro económico y que no lo lograremos».
Fue la primera vez que vi a la chica Rimbaud.
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