VIAJE A VENEZUELA I 22/07/2024

«Ten cuidado con lo que escribas dentro de unos años», Conversación en los Andes Venezolanos.

Es 15 de Septiembre de 2012 y aterrizo en aeropuerto el Simón Bolivar de Maiquetía. Hasta hace poco sabía poco de Venezuela, aunque ni a mí ni a nadie nos pasaba inadvertida la figura del Comandante Hugo Chávez y sus excentricidades. En los últimos días he leído algo más. Llevó dos cámaras y varios objetivos, me dirijo a Los Andes.

Recojo mi equipaje al pasar por la aduana y me encuentro con una enorme panel: «Bienvenido a la República Socialista Bolivariana de Venezuela». Se me caen las gafas de sol y rebotan en el primer tercio del siglo XX; entiendo ahora que debería haber leído mucho más.

Todos los operadores aconsejan dormir cerca del aeropuerto, en caso de viajar a Los Andes, y evitar Caracas, que famosa por la inseguridad de sus calles. Estoy seguro, sin embargo, de que  también veré una ciudad fascinante. Emprendo la marcha hacia la capital en un Taxi 4×4 de cristales tintados. Venezuela huele a selva, te cala en cuanto la pisas, respiro hondo.

Por la autopista de La Guaria dejamos atrás el Estado de Vargas donde las trágicas inundaciones de 1999 se llevaron la vida de más de 20.000 personas. Almas que recorren Montesano, Caraballeda, La Sabana, Catia la Mar, Barrio Guanupe y la costa oeste del Estado. Chávez, inmerso en el desarrollo del referéndum constitucional, ignoró las advertencias de la Dirección de Defensa Civil que ante las lluvias recomendaba declarar el estado de emergencia y evacuar el litoral. Los colegios electorales estuvieron abiertos dos horas más a pesar de las lluvias y ocurrió el desastre. Chávez dio una mínima explicación, legitimando su mandato y eludiendo toda responsabilidad, hasta la noche del día 16.

El joven chófer me habla de la reconstrucción que el gobierno ha realizado en los barrios: viviendas nuevas, electrodomésticos, vehículos… junto la soberanía alimentaria de las tres comidas al día. 

Nos acercamos a Caracas, el chófer comenta que nos hemos librado del atasco habitual de milagro. Vamos dejando a los lados los «barrios» de los cerros, donde gentes del campo y emigrantes colombianos se establecieron a principios de los sesenta y construyeron sus «ranchitos» sin orden ni planificación. Vinieron en busca de trabajo, viviendas, electricidad, agua; más de cincuenta años después tienen delincuencia, cortes de electricidad y falta de agua. Jóvenes armados y niños armados. El joven chófer me advierte de la violencia en las calles y me aconseja no transitarlas a pie después de las seis de la tarde. Anochece y una constelación de luces, que emerge de cada barrio, nos acompaña y envuelve. Nos acercamos a Caracas.

Me alojo en el centro de la ciudad. En la habitación del hotel un cartel advierte que se prohíbe fumar, bajo pena de multa de quinientos dólares. No bolívares, dólares. Toda Venezuela quiere dolares y más que nadie las autoridades. Bajo a cenar al restaurante.

Los venezolanos son amables y divertidos, siempre tienen tiempo para la anécdota, la broma e incluso el chiste grueso. El restaurante, en el que además el cocinero es español,  se llama La Albufera.

-¿Y dice usted que La Albufera está llena de patos?- me vuelve a preguntar el Maître con sonrisa contenida.

-Sí claro, es una reserva natural… patos, garzas, charranes… todo tipo de aves.

El Maître llama a un camarero, que ya no puede aguantarse la risa.

-Dice el señor que la Albufera está llena de «patos».

-Eso ya se lo decíamos al cocinero y se enfadaba.

Ambos ríen y al final me aclaran que ellos mismo son objeto de broma para sus familiares cuando dicen que trabajan en donde los patos.  ¿Qué diablos significará «pato» en Caracas? Al final me entero que con «patos» se refieren a los hombres homosexuales.

Termino de cenar y pregunto si el bar del hotel está abierto o sí por lo menos hay alguna discoteca para tomar una cerveza.

-No señor, el bar está ya cerrado y las discotecas las prohibió nuestro presidente golpista.

De nuevo, ante el cartel de prohibido fumar, pienso en los 20.000 muertos de Vargas y en los jóvenes armados de los barrios. Afuera la ciudad de impresionante arquitectura y durísimos contrastes vive silenciosamente. En España a los progres, tan concienciados con el socialismo del Siglo XXI,  les gusta pasar las vacaciones en Menorca. Yo estoy aquí y me cuesta entender por qué. Creo que voy a encender un cigarrillo pero no encuentro el mechero.

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